¿Por qué la «ideología» se ha convertido de nuevo en un arma?

Alguna vez fue una herramienta para desenmascarar la dominación; hoy, «ideología» se utiliza para acallar el debate. A medida que las afirmaciones de neutralidad encubren posiciones de poder y la crítica se descarta como sesgo, el término ha perdido su peso analítico—y ha regresado como arma.

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Calgary Women's March. Photo by JMacPherson (CC BY).

El resurgimiento de la ideología como acusación

En el debate político contemporáneo, el término «ideología» se emplea cada vez más como acusación en lugar de explicación. Ya no se refiere principalmente a estructuras que sostienen la dominación, sino a puntos de vista considerados ilegítimos o peligrosos. Utilizado a lo largo del espectro político, ya no funciona como una categoría analítica, sino como un arma retórica—invoca distorsión sin demostrarla.

La palabra, que antes pretendía aclarar los mecanismos invisibles del poder, sirve ahora a menudo para desacreditar sin argumentar. Señala el desacuerdo como irracional y anula el debate. El término ya no esclarece; clausura.

For Marx, ideology referred to the inversion of social reality: a process through which the ideas of the ruling class became the dominant worldview. His notion of “false consciousness” helped explain why subordinated classes might accept their conditions as just or inevitable. Ideology, for him, was not a synonym for propaganda; it was a structural explanation of how domination reproduces itself.

Louis Althusser expanded this insight by locating ideology in the institutions of everyday life. Through what he called Ideological State Apparatuses—school, church, family—subjects are interpellated into positions that align with the needs of the system.

La ideología, en este sentido, no es una desviación de la verdad, sino una condición de la formación social. El concepto se convirtió en una forma de comprender cómo el poder se incrusta en lo que parece neutral.

Durante la Guerra Fría, sin embargo, el término «ideológico» fue despojado de su función crítica. Se convirtió en una etiqueta para el enemigo. En gran parte del discurso político occidental, ser ideológico era estar alineado con el comunismo, y por tanto, quedar fuera de los márgenes de la deliberación racional. La palabra no servía para iluminar visiones del mundo, sino para excluirlas.

Esa tendencia se ha intensificado en los últimos años. Figuras como Jordan Peterson describen las instituciones académicas y culturales como capturadas por «ideologías neomarxistas posmodernas». En el Reino Unido, algunos comentaristas hablan de una «guerra ideológica» liderada por «élites woke»—una narrativa analizada críticamente por Davies y MacRae. Desde la izquierda, algunos críticos sostienen que las afirmaciones de neutralidad ocultan jerarquías consolidadas. En todas estas posturas, «ideología» no funciona como concepto, sino como señal de alarma. Señala una amenaza, real o imaginaria, sin análisis.

Del sistema al insulto

Este desplazamiento de la explicación a la denuncia refleja una transformación más amplia en la forma en que se disputa la legitimidad. Las instituciones liberales, antes consideradas neutrales, ahora son acusadas de estar capturadas ideológicamente. La acusación, en sí misma, a menudo escapa al escrutinio.

Lo que se presenta como una defensa de la libertad suele tomar la forma de pánico moral. 

Las críticas progresistas suelen buscar revelar los fundamentos ideológicos de las normas—blanquitud, heteronormatividad, neoliberalismo. En cambio, el discurso conservador trata la ideología como un contaminante: algo impuesto, irracional y divisivo. El objetivo no es dialogar, sino patologizar.

Esta asimetría permite que las posiciones dominantes parezcan no ideológicas. La etiqueta «ideológico» se usa a menudo para presentar a los oponentes como sesgados, al tiempo que se muestra la propia posición como un hecho o como sentido común. El efecto no es esclarecer, sino ocultar.

La ilusión de la neutralidad

La neutralidad funciona a menudo como una máscara de supuestos dominantes. Lo que se presenta como objetivo está frecuentemente moldeado por historias de exclusión. Como escribe Žižek, la ideología es «nuestra relación espontánea con nuestro mundo social». No se impone desde arriba, sino que actúa a través de hábitos de percepción.

Esto ayuda a explicar por qué el discurso gerencial, la racionalidad económica y el lenguaje científico suelen tratarse como ajenos a la ideología. Cuando estos son cuestionados—por críticas feministas a los datos, o por epistemologías indígenas—se los defiende como neutrales, mientras que la crítica es calificada de ideológica. El doble rasero silencia la disidencia.

En esta configuración, la ideología ya no nombra un sistema, sino un estigma. Separa lo que cuenta como legítimo de lo que se considera sospechoso. Quienes nombran la ideología son vistos como comprometidos. Quienes la niegan reciben autoridad.

El pánico moral en torno a la ideología

Esta lógica es evidente en los ataques contra la «woke culture». Lo que se presenta como una defensa de la libertad suele tomar la forma de pánico moral. La batalla no gira en torno a políticas específicas sino sobre quién controla el significado mismo.

Ver la ideología no es caer en el relativismo, sino reconocer las condiciones de nuestra percepción.

En este contexto, el término «ideología» se convierte en una abreviatura para cualquier discurso que ponga en primer plano la historia, la injusticia o la identidad.

Las tradiciones que antes usaban la ideología para denunciar la dominación—el marxismo, el feminismo, la teoría poscolonial—son reformuladas como dogmáticas o desestabilizadoras. Sus críticos adoptan el lenguaje del realismo, e incluso de la salud mental.

Esta inversión retórica transforma el discurso público. Lo que se escucha y lo que se descarta depende más de la alineación ideológica percibida del hablante que de la solidez de su argumento. El concepto ya no esclarece el conflicto—lo oculta.

Recuperar el concepto

La ideología ha regresado como arma en un panorama político desprovisto de marcos compartidos. La aspiración a un consenso posideológico se ha derrumbado. Lo que queda es una competencia por los marcos que definen qué cuenta como razón.

Para responder a este momento, el concepto debe ser recuperado, no descartado. La ideología no es una táctica retórica. Es una forma de comprender cómo se construye y se sostiene la autoridad. Se aplica a toda posición—includingo a aquellas que afirman no tener ninguna.

Ver la ideología no es caer en el relativismo, sino reconocer las condiciones de nuestra percepción. La neutralidad no es ausencia de ideología; es una de sus formas más eficaces. Hacerla visible es la primera tarea de la crítica.

Si la comprensión política quiere ser algo más que una representación, debe recuperar sus herramientas. La ideología es una de ellas. No como insulto, sino como forma de comprensión.

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