En la teoría política, pocos conceptos han sido tan controvertidos—y a la vez tan perdurables—como la noción de «lo político» de Carl Schmitt. Definido por la distinción entre amigo y enemigo, rechazaba las visiones normativas de la política en favor de una visión existencial: la política comienza allí donde el antagonismo se vuelve ineludible. Durante mucho tiempo descartada por considerarse incompatible con la democracia pluralista, la idea de un enemigo constitutivo vuelve hoy a operar en el corazón del discurso político—no como doctrina, sino como gramática implícita.
El momento político actual está saturado de invocaciones a amenazas existenciales: migrantes como invasores, globalistas como traidores, feministas como enemigas de la civilización, élites como enemigas del pueblo. El idioma varía, pero la estructura subyacente resulta reconocible. Tal vez la distinción amigo/enemigo nunca desapareció del todo; en su lugar, se adaptó a nuevas gramáticas políticas. En los últimos años, esas gramáticas se han vuelto más explícitas, más cargadas de afecto y más determinantes a nivel institucional.
Carl Schmitt sigue siendo provocador porque nombra lo que la teoría liberal suele pasar por alto: la irreductibilidad del antagonismo.
¿Por qué ha regresado hoy la distinción amigo/enemigo de Carl Schmitt al discurso democrático? Porque la lógica de la enemistad no ha desaparecido—se ha desplazado. Ya no se limita a los márgenes radicales o autoritarios; ahora moldea la retórica legal dominante, el discurso mediático y los públicos organizados algorítmicamente. Las categorías de Schmitt operan sin ser citadas, incrustadas en nuevas infraestructuras de identidad, reconocimiento y exclusión. Este ensayo examina, con distancia crítica, cómo una gramática política antes considerada incompatible con la democracia liberal ha sido reactivada bajo nuevas condiciones.
Carl Schmitt y la esencia de lo político
La tesis más célebre de Carl Schmitt—según la cual «la distinción específicamente política a la que pueden reducirse las acciones y motivaciones políticas es la que existe entre amigo y enemigo»—suele ser malinterpretada. Sartori explica que Schmitt no proponía que la vida política deba ser siempre antagónica, sino que se vuelve política cuando surge el antagonismo. Desde esta perspectiva, la política no se define por instituciones o normas, sino por la posibilidad de un conflicto que no puede resolverse mediante la negociación.
Las categorías de amigo y enemigo no han desaparecido; han sido rearticuladas.
Este marco busca identificar la condición misma de la existencia política. Tiene una ambición ontológica: nombrar los momentos en que la vida política se activa por una oposición fundamental.
Para Carl Schmitt, la distinción amigo/enemigo se refiere a una relación concreta: los grupos se definen a través de la exclusión. El enemigo no necesita ser moralmente perverso, pero debe representar una negación del modo de vida del grupo. El énfasis del liberalismo en la neutralidad y el consenso no capta esta lógica, al suponer que el procedimentalismo puede disolver todo conflicto.
Las críticas a esta visión son antiguas—y bien fundamentadas. Pero el verdadero peligro hoy se encuentra en otro lugar: en la forma en que las sociedades democráticas ponen en práctica las categorías schmittianas sin nombrarlas. A través de infraestructuras digitales, ecosistemas mediáticos polarizados e identidades etnopolíticas resurgentes, la lógica de amigo y enemigo ha reingresado al campo político sin reconocimiento teórico.
Del Estado soberano al poder de las plataformas
Para Carl Schmitt, «soberano es quien decide sobre la excepción.» El soberano define los límites de la ley al decidir cuándo no se aplica. En las democracias liberales, este solía ser tradicionalmente el papel del Estado en tiempos de emergencia.
Pero la lógica de la excepción ha cambiado. Hoy, el poder de definir lo que queda fuera de la norma suele recaer en las plataformas: ellas determinan quién puede hablar, qué se considera discurso de odio, qué voces merecen amplificación. Estas decisiones, aunque rara vez se presenten como soberanas, estructuran la esfera pública con consecuencias análogas a una prerrogativa política.
Investigaciones recientes subrayan que la soberanía puede hoy operar fuera de las estructuras políticas formales. Por ejemplo, algunos estudiosos sostienen que el gobierno de las plataformas se asemeja cada vez más a la toma de decisiones políticas, ya que las políticas de moderación de contenido determinan quién puede participar en el discurso público y en qué condiciones.
En este cambio, el poder se vuelve opaco y difuso, produciendo un terreno fragmentado de autoridad donde la exclusión y el reconocimiento dependen más de infraestructuras privadas que de la deliberación pública.
Lo que emerge no es una repetición directa de la concepción de soberanía de Carl Schmitt, sino un desplazamiento de su lógica. La línea entre disidencia legítima y amenaza existencial ya no la trazan los Estados, sino las redes, los moderadores y los algoritmos de reputación. En este contexto, el resurgimiento de dinámicas schmittianas invita a prestar nueva atención—no para avalar su visión, sino para comprender cómo opera el antagonismo bajo el discurso de la neutralidad.
El enemigo como marcador de identidad
Quizás la intuición más perdurable del pensamiento de Carl Schmitt sea que la identidad necesita oposición. Uno no sabe quién es sin saber a quién se opone.
Esta lógica se ha vuelto especialmente relevante en la era de la visibilidad algorítmica. La identidad se construye no solo a través de la pertenencia, sino mediante el antagonismo. En línea, ser visible es, a menudo, estar en contra.
Ben van de Wall sostiene que hoy el enemigo político no es simplemente el extranjero o el forastero, sino el ciudadano que cuestiona el consenso moral del propio grupo. Esto marca un giro del peligro externo hacia la división interna. El discurso político se convierte en una sucesión de purificaciones, expulsiones y reafirmaciones de la identidad colectiva.
En este contexto, la teología política de Carl Schmitt ya no se centra en la soberanía estatal. Se difunde a través de comunidades que construyen sentido. La tarea de nombrar al enemigo la asumen los públicos, no los parlamentos. Y, al hacerlo, replican los antagonismos que el liberalismo aspiraba a superar.
Por qué importa el regreso del enemigo
Diagnosticar la persistencia de la lógica schmittiana hoy no implica estar de acuerdo con ella. Las categorías de amigo y enemigo no han desaparecido; han sido rearticuladas. Funcionan a través de la política identitaria, el discurso moral y la moderación de contenidos. Moldean elecciones, conflictos culturales y la confianza en las instituciones.
Carl Schmitt sigue siendo provocador porque nombra lo que la teoría liberal suele pasar por alto: la irreductibilidad del antagonismo.
El desafío no consiste en revivir sus categorías, sino en comprender cómo siguen operando.
Solo a través de esa comprensión podemos contrarrestar la normalización de la fabricación del enemigo y preservar un espacio para el desacuerdo democrático.
Enfrentar a Schmitt en 2025 no es un acto de resurrección. Es un ajuste de cuentas con la sombra persistente de sus ideas—y una invitación a imaginar una política que resista reducir el desacuerdo a enemistad.