Admisiones en Harvard, privilegios y el desafío de Trump

Las admisiones determinan quién pertenece, reflejando más los límites del privilegio que la promesa del mérito.

Barry Scott Zellen
Barry Scott Zellen
Research Scholar in Geography at the University of Connecticut and Senior Fellow (Arctic Security) at the Institute of the North, specializing in Arctic geopolitics, international relations...
La emblemática torre de Eliot House en Harvard, un emblema de la arquitectura georgiana de la universidad. Dominio público.

La periodista del New York Times, Anemona Hartocollis, señaló en su momento que la jueza Allison D. Burroughs, quien presidió el caso de Students for Fair Admissions (SFFA), tenía vínculos personales con Harvard: fue rechazada a pesar de que su padre era exalumno y recaudador de fondos encargado por la poderosa maquinaria de donaciones de Harvard de solicitar aportes a exalumnos judíos. Más tarde se convirtió en la jueza que defendió las políticas de admisión de Harvard. Los medios la presentaron como magnánima, pero la historia completa revela la dependencia de Harvard en las preferencias y prácticas opacas.

Burroughs, nombrada por el presidente Obama, no fue una observadora pasiva. Las admisiones en Harvard están determinadas por categorías conocidas como ALDC—deportistas, legados, la lista de interés del decano y los hijos del personal docente. A estos se suman los estudiantes internacionales que pagan la matrícula completa, que representan más de una cuarta parte de los admitidos. En conjunto, estos grupos ocupan la mayoría de los cupos de cada generación, dejando menos de la mitad para los solicitantes comunes. Harvard describe estas preferencias como “tips” (ventajas), pequeños beneficios que inclinan el resultado. Su peso acumulado las convierte en decisivas.

La estructura de admisiones

Los registros judiciales del caso SFFA mostraron que el 43 % de los estudiantes blancos admitidos entre 2014 y 2019 pertenecían a las categorías ALDC, y que la mayoría no habría sido aceptada sin ese tipo de preferencia. Los deportistas reclutados eran admitidos a tasas sorprendentes; los aspirantes con estatus de legado o en la lista del decano tenían probabilidades muy superiores al promedio. En particular, la lista del decano incluía a hijos de donantes y de familias bien conectadas. Estos hechos no fueron cuestionados. El debate se centró en si tales prácticas son aceptables en una universidad que afirma encarnar el mérito.

La excelencia, la equidad y las oportunidades deben ir de la mano. 

En 2019, la jueza Burroughs dictaminó que eliminar las ventajas de los ALDC no ofrecía una alternativa viable a las admisiones conscientes de la raza. Al considerar el asunto fuera del alcance del caso, permitió que las prácticas de Harvard continuaran.

Los críticos interpretaron esto como una deferencia hacia un sistema arraigado. Más tarde, la Corte Suprema anuló las admisiones basadas en la raza, pero la estructura ALDC permaneció intacta. La dependencia de Harvard en las preferencias sobrevivió, defendida como parte de su tradición y comunidad.

Las cifras son contundentes: cuando casi un tercio de la clase proviene de categorías ALDC y más de una cuarta parte son estudiantes internacionales, queda menos de la mitad de los cupos para los solicitantes sin conexiones. Para muchos, esa realidad contradice el relato de meritocracia que Harvard proyecta al mundo.

Familia y legado

La propia familia de la jueza Burroughs ilustra el peso de estas dinámicas. Su padre, Warren Herbert Burroughs, se graduó en Harvard y se convirtió en un exalumno activo, según informó Hartocollis. Colaboró orgullosamente como recaudador de fondos para Harvard, encargado de solicitar donaciones a otros exalumnos judíos. Su compañero de cuarto, Richard A. Smith, hizo una fortuna en los negocios y donó generosamente a Harvard, que más tarde dio su nombre a un edificio central del campus.

El contraste entre Warren y Smith revela los distintos niveles de influencia entre los exalumnos. Aunque Warren era devoto, no tenía los recursos para ejercer el mismo peso que donantes como Smith. Su compromiso no garantizó la admisión de sus hijos. Los tres fueron rechazados, incluida Allison, la más destacada académicamente. Sin embargo, años más tarde, ella defendió el mismo sistema que había excluido a su familia.

La red de legados demuestra cómo la influencia persiste de generación en generación. Las familias con recursos o conexiones ven favorecidos a sus hijos; las demás no. La postura de la jueza en el tribunal reflejaba no distancia, sino un enredo con esta cultura de privilegios.

Prestigio del donante: percepciones y patrimonio

Richard Smith ejemplificaba a la élite donante. Como director de General Cinema Corporation, acumuló una gran fortuna y destinó gran parte de ella a la filantropía. Sus donaciones a Harvard superaron los 100 millones de dólares, y su nombre fue honrado en el Smith Campus Center. Expresidentes de Harvard elogiaron su visión y generosidad.

Admissions at A dining hall at Harvard University, inside Memorial Hall.
Un comedor en la Universidad de Harvard, dentro del Memorial Hall. Un comedor en la Universidad de Harvard, dentro del Memorial Hall. Foto de NKCPhoto (CC BY-NC-ND).

Esos donativos se celebran como esenciales para las universidades, pero también complican la percepción de equidad. Cuando los familiares de los donantes aparecen en las listas de admisión, los observadores vinculan la filantropía con el acceso. Los administradores insisten en que no hay intercambio directo, pero el público percibe una frontera difusa. Con el tiempo, esa percepción se convierte en relato: Harvard valora las donaciones tanto como el mérito académico.

Warren Burroughs, en cambio, solicitó incansablemente pequeñas contribuciones para su alma mater, pero no tenía los medios para hacer donaciones transformadoras. Su lealtad era genuina, pero sus hijos no recibieron el mismo trato preferencial. Esta experiencia refuerza la sensación de que el sistema de Harvard favorece, ante todo, la riqueza.

Años después, la jueza Burroughs falló a favor de Harvard, presentando las preferencias a exalumnos y el reclutamiento deportivo como decisiones propias de la institución. Para los críticos, eso validó un sistema que recompensa el privilegio. La ironía no pasó desapercibida: una jueza afectada personalmente por la exclusividad de Harvard se convirtió en su defensora, racionalizando un sistema injusto a nivel individual pero que, en general, favorecía a su círculo cercano de familiares, amigos y colegas. El impacto emocional de estas historias es profundo. Las familias que creen que la lealtad debería contar quedan desilusionadas. Mientras tanto, quienes poseen mayores recursos ven a sus hijos bienvenidos. Estas narrativas circulan en las redes de exalumnos, moldeando la percepción de la equidad y el derecho más que los comunicados oficiales.

La cuestión de fondo

Las políticas de admisión de Harvard no pueden separarse de la preocupación más amplia en Estados Unidos por el privilegio. El sistema ALDC refleja cómo las instituciones reproducen las ventajas. Premia la riqueza, las conexiones y la tradición, al tiempo que reduce las oportunidades para quienes vienen de fuera. Los críticos sostienen que estas prácticas minan la innovación y erosionan la confianza.

Si Harvard desea preservar su reputación, debe enfrentar de forma directa el problema de las admisiones.

Harvard ha dependido durante mucho tiempo de la lealtad de sus exalumnos y de la filantropía. Solicita donaciones de forma constante, cultivando vínculos que sostienen su fondo patrimonial. Se alienta a las familias a considerar las contribuciones como parte del sentido de pertenencia. Pero cuando las admisiones parecen ligadas a la generosidad, crece la sospecha. Desde fuera, no se ve una meritocracia, sino un club privado.

Quienes se benefician suelen prosperar en Harvard, y la universidad cita ese éxito como prueba de legitimidad. Pero prosperar una vez dentro no borra la desigualdad en el acceso. El sistema funciona bien para quienes logran entrar; la verdadera pregunta es quiénes nunca llegan a cruzar la puerta.

El papel de la jueza

La opinión de la jueza Burroughs limitó el enfoque legal al tema racial, eludiendo la cuestión de fondo: las preferencias a donantes y legados. Su fallo dejó a Harvard en libertad para continuar con sus prácticas tradicionales. Para muchos, no pareció un juicio imparcial, sino una prolongación de la lógica institucional.

La historia familiar lo hace aún más revelador. Warren creía que su servicio merecía reconocimiento, pero sus hijos fueron rechazados. Años después, la jueza Burroughs respaldó el mismo sistema que decepcionó a su familia. Fuera coincidencia o continuidad, el resultado fue el mismo: los privilegios de Harvard quedaron intactos.

Observadores razonables pueden discrepar sobre el valor del deporte universitario o los vínculos con exalumnos, pero la magnitud de las admisiones ALDC es innegable. Cuando casi un tercio de una clase proviene de esas categorías, la equidad del sistema se pone en duda. Para las familias sin acceso, parece que las probabilidades ya están decididas de antemano.

Un símbolo más amplio

El conflicto en torno a Harvard resuena más allá de Cambridge. En la política nacional, Harvard simboliza el elitismo y el privilegio. Cuando Donald Trump criticó a universidades como Harvard, apeló a una frustración generalizada. La defensa judicial de las preferencias de admisión se convirtió en símbolo de si las élites seguirán estando al margen de toda responsabilidad.

El prestigio de Harvard amplifica el problema. Como forma a futuros presidentes, jueces y líderes empresariales, su proceso de admisión tiene un peso simbólico en la percepción nacional de la justicia. Si incluso Harvard depende tanto de las preferencias y ventajas, ¿qué esperanza queda para la meritocracia? Por eso se describe este conflicto como una lucha por el alma de Estados Unidos.

El papel de la jueza Burroughs en la preservación del modelo de Harvard resalta la conexión entre derecho y privilegio. Su deferencia ante el juicio institucional reflejaba una tradición de moderación judicial. Pero en una era de escepticismo, esa moderación se interpreta como complicidad.

El simbolismo de los datos

Los números cuentan una historia. En los últimos años, la tasa de admisión en Harvard ha rondado el 4–5 %. Pero los deportistas de ciertos deportes disfrutan tasas de aceptación superiores al 80 %; los legados son admitidos en aproximadamente un tercio. Los estudiantes internacionales que pagan matrícula completa también tienen mejores resultados que el promedio. En conjunto, estas categorías ocupan gran parte de la clase. Estos datos, revelados durante el juicio del SFFA, confirmaron lo que muchos sospechaban.

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Para el público, los datos debilitaban el relato de Harvard sobre un proceso puramente holístico. La revisión holística pasó a asociarse con un sistema de ponderación oculto que favorece a categorías inaccesibles para la mayoría de los aspirantes. La revelación también alimentó el debate sobre si las universidades privadas que reciben fondos públicos deberían estar sujetas a exigencias de transparencia más estrictas. Si la confianza pública es un recurso, entonces las instituciones que dependen del privilegio deben rendir cuentas por cómo asignan las oportunidades.

Tradición e imagen

La historia familiar lo hace aún más revelador. Warren creía que su servicio merecía reconocimiento, pero sus hijos fueron rechazados. Años después, la jueza Burroughs respaldó el mismo sistema que decepcionó a su familia. Fuera coincidencia o continuidad, el resultado fue el mismo: los privilegios de Harvard quedaron intactos.

Esta tensión no es exclusiva de Harvard. Otras instituciones de élite mantienen sistemas similares. Pero Harvard, como la más visible, se convierte en el blanco principal. Sus decisiones marcan el estándar en todo el sector. Cuando se resiste al cambio, otras se sienten autorizadas a hacer lo mismo. Cuando reforma, crea precedentes. Por eso, los debates sobre Harvard se transforman inevitablemente en debates sobre el sistema de educación superior estadounidense.

Por qué importa a nivel nacional

El poder simbólico de Harvard convierte el problema de las admisiones en algo más amplio que una cuestión de política educativa. Toca ideales nacionales de equidad y movilidad. Si Harvard representa la oportunidad pero practica la exclusión, la contradicción debilita la confianza en las instituciones. Por eso, figuras políticas utilizan a Harvard como símbolo de lo que, según ellos, ha salido mal en Estados Unidos.

Para críticos como el presidente Trump, Harvard representa una élite lejana. Para sus defensores, sigue siendo un faro de excelencia. El conflicto no gira tanto en torno a una universidad, sino al papel de las élites en la vida estadounidense. Por eso la batalla legal se transformó en una disputa cultural: la gente la vio como una lucha por decidir qué hijos merecen una oportunidad.

Hacia una reforma

Si Harvard quiere preservar su reputación, debe enfrentar directamente el problema de las admisiones. Publicar datos detallados, establecer límites más claros y reducir la dependencia de las preferencias a legados y donantes demostraría buena voluntad. La universidad tiene los recursos para liderar una reforma en lugar de resistirla.

El objetivo no es abolir la tradición, sino equilibrarla. Los vínculos con exalumnos y el deporte tienen valor, pero no deben eclipsar el mérito ni el acceso. Harvard puede honrar su pasado sin permitir que el pasado controle su futuro. El desafío es alinear el prestigio con la equidad, garantizando que la universidad líder del mundo encarne la apertura que exige a los demás.

Conclusión: la equidad como estructura

La equidad no es retórica, sino diseño. Las estructuras de acceso importan tanto como las de excelencia. Harvard ha sobresalido durante mucho tiempo en lo segundo; ha llegado el momento de ocuparse de lo primero. Una universidad que aspira a liderar debe ser transparente sobre cómo admite a sus estudiantes y estar dispuesta a corregir cuando el equilibrio se inclina demasiado hacia los privilegiados.

Las historias de Warren Burroughs y Richard Smith, cuyas familias siguen unidas por un lazo duradero, simbolizan la división. Uno ofreció lealtad; el otro, su fortuna. Ambos amaban a Harvard, pero los resultados de sus esfuerzos por crear legados multigeneracionales en la universidad fueron muy distintos. Esa diferencia encarna el dilema entre privilegio y acceso. Si Harvard quiere representar los ideales de Estados Unidos, debe asegurarse de que la tradición amplíe las oportunidades en lugar de limitarlas.

La disputa en torno a Harvard no trata, en el fondo, de una sola institución, sino de los valores que Estados Unidos proyecta sobre sus símbolos más visibles. Excelencia, equidad y oportunidad deben mantenerse unidas. Si Harvard logra alinear su sistema de admisión con esos principios, renovará no solo su propia misión, sino también la fe nacional en que la educación sigue siendo una escalera, no un círculo cerrado.

Las opiniones expresadas en este artículo pertenecen al autor y no reflejan las posturas del journal ni de su equipo editorial. Se publica como parte de nuestro compromiso con el debate abierto y crítico.

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Investigador en Geografía en la Universidad de Connecticut y Miembro Senior (Seguridad en el Ártico) en el Instituto del Norte, especializado en geopolítica del Ártico, teoría de las relaciones internacionales y las bases tribales del orden mundial. Becario Fulbright 2020 en la Universidad de Akureyri en Islandia. Autor de 11 monografías publicadas y editor de 3 volúmenes.