El veredicto navideño: Europa en soledad

Esta Navidad en Palermo, y en toda Europa, las mesas colmadas de familia y amigos emitieron un veredicto inesperado: tras décadas externalizando su seguridad y reduciendo las alianzas a simples transacciones, Europa debe ahora afrontar sola su futuro.

Baris Cayli Messina
Baris Cayli Messina
Associate Professor of Criminology at the University of Lincoln, author of Violence and Militants (McGill-Queen’s University Press), Editor of Temple Studies in Criminalization, History, and Society...
El edificio Berlaymont, sede de la Comisión Europea en Bruselas: un símbolo institucional de un continente que enfrenta los límites de su dependencia estratégica. Foto de EmDee (CC BY-SA).

Como en muchas Navidades anteriores, mi esposo y yo volamos de Londres a Palermo el 12 de diciembre, cambiando la lluvia fría por el sol invernal de la capital siciliana y la promesa de demasiada comida. Las mesas se transformaron en parlamentos. Entre platos, entre risas, entre copas de vino que parecían no tener fin, la política llegó y no quiso marcharse.

La primera noche, mi amigo Ciccio, que vive en Bolonia, dejó el tenedor a mitad de bocado. “¿Sabes qué no me deja dormir?”, dijo, su voz atravesando el bullicio. “No es Putin. Sabemos que Putin es peligroso. Lo que me aterra es que a Trump no le importe si Putin avanza por Europa del Este. La OTAN solía significar algo. Ahora es solo… condicional.” A su alrededor, varias cabezas asintieron. Alguien de París murmuró en señal de acuerdo. La mesa quedó en silencio. Fue ese tipo de silencio que reconoce una verdad incómoda.

La alianza atlántica es frágil porque se construyó sobre supuestos que ya no describen la realidad.

Vidas distintas, profesiones distintas, generaciones distintas. Sin embargo, la conversación convergía con una precisión inquietante. Trump. No como espectáculo esta vez, sino como diagnóstico. Su regreso, todos parecían coincidir, marcaba algo más oscuro que una simple disfunción estadounidense. Era una señal de abandono. Europa, de pronto, se sentía sola.

Atrapada entre imperios

Lo que me impresionó en esas mesas fue la unanimidad. A través de edades e ideologías, el veredicto era idéntico: Europa está expuesta. La alianza atlántica, que durante setenta años proporcionó la arquitectura de la seguridad europea, ahora parece transaccional, poco fiable, lista para disolverse con un simple tuit. No hablaban catastrofistas, sino europeos comunes. Son abogados, profesores, médicos y artistas que diagnostican un momento estructural con una claridad que muchas élites aún evitan.

La sede de la Organización del Tratado del Atlántico Norte en Bruselas: una alianza cada vez más percibida en Europa como condicional, transaccional y políticamente frágil. Foto: OTAN (CC BY-NC-ND).
La sede de la Organización del Tratado del Atlántico Norte en Bruselas: una alianza cada vez más percibida en Europa como condicional, transaccional y políticamente frágil. Foto: OTAN (CC BY-NC-ND).

La amenaza es doble. Trump señala el repliegue estadounidense justo cuando Rusia sigue siendo un peligro activo en la frontera oriental de Europa. La guerra de Putin en Ucrania continúa, un recordatorio brutal de que la conquista no ha desaparecido de los asuntos europeos. Europa se encuentra atrapada entre los imperialismos estadounidense y ruso, una pinza geopolítica que se cierra cada mes con más fuerza. Durante décadas, Europa dependió de la protección estadounidense, sin llegar nunca a construir la suya propia. Ahora que la amenaza se ha materializado y el protector se retira, Europa descubre que ha externalizado no solo su seguridad, sino también su soberanía.

Las mesas navideñas diagnosticaron la enfermedad de Europa con una claridad contundente.

Y luego está Groenlandia. El renovado apetito imperial de Trump por el territorio danés, presentado como una necesidad estratégica pero ejecutado como una transacción descarada, revela con brutal claridad su lógica en acción.

Los aliados se convierten en activos. La soberanía se vuelve negociable. El hombre que amenaza con abandonar la OTAN codicia al mismo tiempo territorio europeo. Para Trump, como para Putin, el poder toma lo que quiere. Tu valor se mide por tu poder.

La memoria de una lealtad inútil

Dos noches después, en el apartamento de un amigo con vista al puerto, el ambiente se volvió más tenso. Sofía, una profesora de poco más de treinta años, estaba visiblemente enfadada. “Mis alumnos me preguntan por qué deberíamos preocuparnos por la democracia si Estados Unidos elige a alguien como Trump”, dijo, sirviéndose otra copa.

“¿Qué les digo? ¿Que las reglas importan? Ven a Putin hacer lo que quiere. Ven a Trump hacer lo que quiere. Y preguntan: ¿por qué somos los únicos que jugamos con las reglas de la democracia cuando nadie más las respeta?”

En Nochebuena, después de la misa de medianoche, un grupo más pequeño se reunió en la cocina de nuestra amiga. El amigo de mi esposo, cuyo hermano había servido en Afganistán, mencionó Irak sin que nadie lo provocara.

“¿Recuerdan cómo nos vendieron esa guerra?”, preguntó, con la voz cargada de vino y amargura. “Armas de destrucción masiva. Enviamos a nuestros soldados. Franceses, británicos, italianos, españoles… todos fuimos. ¿Para qué? Para mentiras. Y ahora Trump actúa como si la OTAN fuera una red de extorsión y nosotros, unos morosos.”

La asimetría es evidente. Europa sangró por guerras de elección estadounidenses; Estados Unidos se encoge de hombros ante las guerras de supervivencia europeas. Para muchos europeos, eso no es una alianza. Es subordinación. Y la subordinación sin reciprocidad se convierte en humillación.

Cuando los poderosos hacen lo que quieren

Cuando los poderosos hacen lo que quieren, la fuerza eclipsa al derecho. Estados Unidos invadió Irak con pretextos falsos; Rusia invade Ucrania con pretextos fabricados.

La sala del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas—donde el derecho internacional solo perdura en la medida en que los poderosos aceptan ser limitados. Foto: MusikAnimal (CC BY-SA).
La sala del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas—donde el derecho internacional solo perdura en la medida en que los poderosos aceptan ser limitados. Foto: MusikAnimal (CC BY-SA).

Las escalas difieren, las justificaciones varían, pero la lógica subyacente converge y nos dice que el poder, cuando no se le pone límites, actúa. Trump encarna esto sin pudor. No ofrece retórica liberal internacionalista, ni pretende un orden basado en reglas. Trump habla el lenguaje que todo imperio emplea cuando se cae la máscara: transacción y fuerza. Poder sin justicia.

Europa, sin un poder equivalente, se aferra al legalismo. Habla de derecho internacional, de derechos humanos, de instituciones multilaterales. Pero esto puede sonar como el lenguaje de los débiles, que necesitan reglas porque no pueden imponer su voluntad. Hay nobleza en ello, sin duda. Pero también hay ingenuidad. Las reglas funcionan cuando los poderosos aceptan límites. Cuando no lo hacen, las reglas se vuelven irrelevantes. El vocabulario moral de Europa, por admirable que sea, no puede detener tanques ni disuadir autócratas.

Las peligrosas tentaciones del miedo

La ansiedad expresada en esas mesas navideñas era real. Estaba justificada. Los europeos están despertando a su insuficiencia militar, su deriva política, su irrelevancia estratégica. Pero la ansiedad, si no se controla, genera respuestas peligrosas. En ese miedo se esconde la tentación de responder al poder con poder, de abandonar los escrúpulos liberales por la eficiencia autoritaria, de cambiar la duda democrática por la decisión del hombre fuerte.

Europa ya ha estado aquí. El recuerdo no es lejano. El riesgo ahora es que Europa, al mirar al abismo de su propia vulnerabilidad, empiece a parecerse a lo que le devuelve la mirada. En su apuro por lograr autonomía estratégica, puede volverse fuerte a costa de volverse cruel. Puede levantar muros para proteger valores que abandona en el proceso. Imaginemos una casa que se fortifica contra intrusos convirtiéndose en una fortaleza. Defendible, sí. Pero ya no un hogar.

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Los derechos humanos y la democracia no son negociables. Europa los ha practicado de forma imperfecta, a menudo con hipocresía, pero siguen siendo la única base que vale la pena defender. Sin ellos, la soberanía se convierte en simple dominio, y el poder se vuelve indistinguible de la tiranía. Esa es la cuerda floja que Europa debe caminar: adquirir el poder para defenderse sin perder aquello que hace que valga la pena ser defendida.

La cura sigue siendo objeto de disputa

Las mesas navideñas diagnosticaron con contundente claridad la enfermedad de Europa. La cura, sin embargo, sigue siendo motivo de debate. La autonomía estratégica es necesaria, pero insuficiente. Europa debe decidir qué tipo de poder quiere ser: si honrará sus principios o los sacrificará por necesidad, si podrá madurar sin volverse insensible.

El regreso de Trump ha dejado claro lo que muchos preferían ignorar. La dependencia de Europa siempre fue una elección, y esa elección ahora tiene consecuencias. La alianza atlántica es frágil porque se construyó sobre supuestos que ya no reflejan la realidad. Estados Unidos tiene otras prioridades, otros adversarios, otros intereses. Europa nunca fue el centro de la preocupación estadounidense, solo una periferia útil.

Lo que queda es un continente obligado, por fin, a enfrentar su propio futuro. El veredicto de aquellas mesas navideñas fue unánime y sin concesiones: cambiar o seguir siendo víctima. Pero la forma de ese cambio, su carácter y su dirección, depende de Europa. La fragilidad que todos percibieron es tanto un peligro como una oportunidad. Lo que sostuvo setenta años se está rompiendo. Lo que viene después, está en nuestras manos. Las mesas han hablado. La respuesta le pertenece solo a Europa.

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Profesor Asociado de Criminología en la Universidad de Lincoln, autor de Violence and Militants (McGill-Queen’s University Press), Editor de Temple Studies in Criminalization, History, and Society (Temple University Press) y Editor en Jefe de International Social Science Journal (Wiley). Vive en Lincoln, Reino Unido, con su esposo, Gioacchino.