Más que cualquier otro régimen, las democracias dependen del poder del discurso público, o de lo que antes se conocía como el arte de la retórica. Los gobiernos democráticos han sido acertadamente calificados como "logocéntricos" o centrados en la palabra, ya que la mayor parte de lo que ocurre —ya sea en el pleno del Congreso, en las asambleas municipales o en la sala del jurado— tiene lugar en y a través del lenguaje. A partir de una imagen idealizada de la Atenas antigua, John Stuart Mill describió alguna vez la democracia como un gobierno mediante la discusión.
El sistema político estadounidense se ha convertido en una democracia retórica, es decir, cada vez más dependiente del poder de la palabra. Desde Theodore Roosevelt y Woodrow Wilson, el cargo de la presidencia se ha convertido cada vez más en un vehículo para la movilización de la opinión de masas. Lo que alguna vez se consideró un cargo constitucional limitado se ha convertido ahora en una especie de cargo plebiscitario, con una línea directa de comunicación entre el presidente y el pueblo. De Reagan a Clinton, pasando por Obama y Trump, esperamos que el presidente sea un "gran comunicador" —o tuitero— y tenemos una opinión menos favorable de los presidentes que no lo son.
La capacidad de distinguir entre el discurso persuasivo y la demagogia sigue siendo una de las tareas más urgentes de las democracias modernas.
En mi libro reciente, On Statesmanship, sostengo que la retórica sigue siendo una parte indispensable del arsenal del estadista. Dada su expresión canónica en la Retórica, Aristóteles distinguió tres rasgos del discurso persuasivo que denominó logos, ethos y pathos. Podemos llamar a esto el triángulo de Aristóteles. Examinemos cada uno de ellos por separado.
La política como decir la verdad
El primer rasgo de la persuasión es el logos, un término que remite a la razón o la racionalidad, pero que prefiero entender como una capacidad de decir la verdad. La política consiste en dar y compartir argumentos sobre cuestiones de justicia, el bien común y quién debe gobernar.

La comunidad política constituye un todo racional en el sentido de que presupone un mundo de hechos y experiencias compartidos del cual los estadistas y los ciudadanos pueden extraer su arsenal de argumentos.
Este es un antecedente lejano de lo que filósofos contemporáneos como John Rawls y Jürgen Habermas han llamado "racionalidad pública", según la cual solo aquello que apela a evidencia verificable públicamente puede contar como razón en el foro de la deliberación política.
La primera responsabilidad del estadista consiste en la capacidad de decir la verdad, es decir, en la adhesión a los cánones de lo que Jonathan Rauch ha llamado "la comunidad basada en la realidad". Esto constituye la base de un mundo compartido de hechos en el cual pueden tener lugar el debate político y la toma de decisiones.
Sin duda, siempre habrá desacuerdo sobre el significado de los hechos, pero sin un consenso básico sobre cuáles son esos hechos, la vida política degenerará en un estado de naturaleza hobbesiano en el que cada persona simplemente tiene derecho a su propia verdad. Es precisamente este tipo de anarquía epistémica lo que hoy siembran los teóricos de la conspiración, los trolls de internet y otros propagadores de desinformación.
Política y confianza
¿Qué hace que un argumento resulte convincente? No es solo la razón y la lógica, sino el carácter de quien habla. Los argumentos políticos no se desarrollan en un laboratorio ni en una sala de seminario, donde podrían juzgarse por la fuerza del mejor argumento. Los argumentos políticos son de naturaleza ad hominem. Son actuaciones dirigidas por un orador particular a una audiencia particular en circunstancias particulares. Quién formula el argumento determinará, en parte, su éxito.
El poder de la narrativa es a la vez necesario y peligroso.
Aquí es donde entra en juego el ethos. El ethos es un término que a menudo se traduce como carácter o hábito, pero que concibo como una forma de confianza pública. Debe existir un cierto nivel de confianza entre quien habla y su audiencia, y esta solo puede garantizarse cuando el carácter del orador exhibe cualidades que la audiencia considera dignas de estima. Esta capacidad de generar confianza es una cuestión de ethos o carácter.
La confianza no está pensada simplemente como un complemento a la argumentación, sino como una condición previa para ella. Hablamos de aceptar argumentos "por fe" en gran medida porque tenemos una inclinación previa a creer lo que dice quien habla. ¿Por qué? Presumiblemente porque el orador debe poseer ciertos rasgos de carácter que consideramos admirables, entre los que pueden figurar el coraje, la sabiduría práctica, una reputación de éxito, la disposición a cuestionar los dogmas, o incluso rasgos como un temperamento vehemente o una capacidad de indignación. Cualquiera de estos rasgos, o todos ellos, puede ofrecer un incentivo para creer lo que dicen.
Política y narrativa
La última cualidad necesaria para el discurso eficaz es el pathos, palabra que se traduce como pasión o emoción. No basta con que el estadista presente argumentos racionales y posea un buen carácter moral; es necesario tocar el corazón de las personas, persuadirlas de que él no solo piensa sino que también siente como ellas. Es importante involucrar las simpatías morales de un pueblo. El pathos tiene un tono claramente teatral. Es necesario establecer un cierto grado de empatía entre los líderes y el público.
El arte de la retórica fue considerado alguna vez el núcleo de todos los estudios humanísticos.
La idea de que la política es una cuestión de comportamiento afectivo siempre ha sido comprendida por los grandes líderes políticos que saben conectar con sus audiencias. Por eso hablan no solo en términos de razones y argumentos, sino mediante narrativas e historias que vinculan a un pueblo con su historia, sus tradiciones y su memoria colectiva.
No somos solo animales racionales, sino seres narrativos que nos concebimos a nosotros mismos a través de las narrativas y mitologías que creamos para dar sentido a nuestra experiencia. Cuando Lincoln apeló a "las cuerdas místicas de la memoria", o cuando John Kennedy dijo "no preguntes", o cuando Ronald Reagan hizo referencia a la "ciudad resplandeciente sobre una colina", estaban invocando imágenes capaces de conectar a la gente con sus más altas aspiraciones.
La dificultad surge cuando intentamos traducir la argumentación en formas narrativas. Una cosa es el argumento y otra la narración. Las historias pueden tener un efecto inmediato de "bienestar", pero, si se abusa de ellas, pueden ejercer una influencia corrosiva sobre la verdad. Las historias cargadas de emoción pueden ofrecer a una audiencia una euforia moral pasajera, pero terminan por acentuar los sentimientos de ira y frustración. Las historias están destinadas a ilustrar los argumentos, no a sustituirlos. Inevitablemente, el proceso de traducción implica una simplificación y, por lo tanto, una distorsión de la verdad.
Es fácil que las historias se desvinculen de los hechos y la evidencia y adquieran vida propia. Las teorías de la conspiración son una forma de narrativa. Basta con afirmar que "mucha gente lo dice" para que algo parezca verdadero. Esto surge de la necesidad profundamente humana de convertir actos aparentemente aleatorios en un plan o un patrón. Es rasgo propio de la mentalidad conspirativa poder demostrar que todos los acontecimientos, por más aleatorios o contingentes que parezcan, forman parte de un mismo designio manipulado, generalmente, por una única fuerza maligna.
El poder de la narrativa es a la vez necesario y peligroso. Algunas narrativas, como el sueño americano, pueden apelar a los ideales más elevados de un pueblo, mientras que otras, como el mito de la raza superior o el mito de la sociedad sin clases, son doctrinas apocalípticas que han derivado en espectáculos de terror y violencia. Es importante que el estadista sea capaz de invocar el poder de la narrativa, pero esto debe estar siempre guiado por una ética de la contención, la responsabilidad y la preocupación por la verdad.
Conclusión
El arte de la retórica fue considerado alguna vez el núcleo de todos los estudios humanísticos. En el mundo antiguo, la retórica se consideraba un componente necesario para la participación en la vida política. Hoy, la retórica se considera con demasiada frecuencia mero "ruido vacío" o una máscara cínica que oculta los motivos y ambiciones del orador. Pero esto es una simplificación. La capacidad de distinguir entre el discurso persuasivo y la demagogia sigue siendo una de las tareas más urgentes de las democracias modernas.
Los grandes estadistas —Pericles, Lincoln, Churchill— fueron todos maestros de la persuasión. Supieron trazar el rumbo de sus países mediante narrativas y símbolos poderosos, y comunicarlo a los demás a través del discurso racional y de las imágenes. Dominar el arte de hablar en público fue, y sigue siendo, un requisito para el ejercicio efectivo de la ciudadanía. El abandono de este arte es en parte responsable de la degradación de nuestra cultura pública contemporánea.
