Los múltiples rostros del nacionalismo
La palabra "nacionalismo" suele generar interpretaciones muy distintas. Para algunas personas, el nacionalismo está firmemente asociado con la política de extrema derecha, el populismo antiinmigrante, los movimientos nativistas y los ataques contra las minorías. Otros van más allá y describen el nacionalismo en términos médicos, como una forma de patología social. Por ejemplo, para el psicólogo de principios del siglo XX William McDougall, el nacionalismo era una forma de enfermedad en la que los seres humanos pierden el control de sus sentidos[1]. Relaciona esta sensación con la de estar ebrio, incapaz de distinguir la ficción de la realidad.
Albert Einstein también empleó una metáfora médica para describir el nacionalismo como "una enfermedad infantil… el sarampión de la humanidad"[2]. Otros relatos igualmente negativos establecen una fuerte conexión entre el nacionalismo y la violencia. Así, las ideologías nacionalistas suelen ser señaladas como responsables del inicio de guerras, levantamientos violentos, terrorismo e incluso proyectos genocidas. Para Arundhati Roy, "las banderas son trozos de tela de colores que los gobiernos usan primero para envolver las mentes de la gente y después como mortajas ceremoniales para enterrar a los muertos". En consecuencia, sostiene, "el nacionalismo, de una u otra forma, fue la causa de la mayoría de los genocidios del siglo XX"[3].
Un cambio social significativo no puede producirse ignorando o desestimando el nacionalismo, ni atribuyendo estas ideas y prácticas exclusivamente a los adversarios políticos propios.
En marcado contraste, otros consideran el nacionalismo como un proyecto de emancipación política capaz de fomentar la solidaridad social y la libertad colectiva. Para Giuseppe Mazzini, el nacionalismo promueve la autodeterminación democrática y la liberación de todos los pueblos frente a la dominación imperial y dinástica[4]. De manera similar, Frantz Fanon entendía el nacionalismo como un paso indispensable en la liberación anticolonial: "Es la liberación nacional la que sitúa a la nación en el escenario de la historia" y "es en el corazón de la conciencia nacional donde la conciencia internacional se establece y se desarrolla"[5].
Quienes defienden el nacionalismo destacan los principios morales que sustentan los movimientos de autodeterminación nacional. Desde su perspectiva, alcanzar principios éticos fundamentales como la justicia, la igualdad y la libertad para todos exige que todas las naciones sean políticamente soberanas, independientes y libres. Como lo expresó el revolucionario republicano irlandés Patrick Pearse: "Una Irlanda no libre jamás conocerá la paz".[6].
Nacionalismo y subjetividades modernas
Estas comprensiones tan contrastantes del nacionalismo indican que se trata de un fenómeno multifacético y políticamente muy polarizador. Sin embargo, estos desacuerdos políticos no logran captar adecuadamente cuán central se ha vuelto el nacionalismo para la vida social en el mundo contemporáneo.

En mi nuevo libro Nationalism as a Way of Life: The Rise and Transformation of Modern Subjectivities (CUP, 2025)[7], propongo una manera muy distinta de comprender el nacionalismo.
Sostengo que el nacionalismo no puede limitarse a las acciones y programas de los actores políticos extremistas ni a los movimientos anticoloniales de autodeterminación. El nacionalismo es también mucho más que el ondear de banderas, el griterío de consignas propagandísticas y la autocelebración colectiva ritualizada que se manifiestan en tiempos de guerra, revoluciones, genocidios o atentados terroristas.
Por el contrario, el nacionalismo, en todas sus variadas formas, se ha convertido en la forma dominante de las subjetividades colectivas modernas. Vivimos en un mundo centrado en la nación, donde todas las instituciones estatales clave y la mayoría de las organizaciones no estatales —desde las instituciones religiosas y las corporaciones privadas hasta las redes de la sociedad civil— están profundamente impregnadas de principios nacionalistas específicos, y se legitiman regularmente a través de ellos.
Las ideas y prácticas que otorgan prioridad a la nación por encima de otras formas de identificación colectiva se reproducen regularmente en los sistemas educativos, las organizaciones militares, los aparatos judiciales, las organizaciones económicas y de bienestar social, las actividades deportivas, los medios de comunicación de masas, y ahora también están omnipresentes en las plataformas de redes sociales.
Además, el habitus nacionalista también ha envuelto muchos aspectos de la vida cotidiana y ha penetrado profundamente en la esfera íntima de las amistades cercanas y la vida familiar. Mi objetivo es mostrar cómo las perspectivas y prácticas sociales centradas en la nación se han convertido en un rasgo ordinario y profundamente arraigado de la vida social en el mundo contemporáneo. La mayor influencia del nacionalismo no es necesariamente visible en momentos de crisis, como guerras, revoluciones o pandemias, o en la retórica radical de los movimientos de extrema derecha, sino en las prácticas rutinarias, las instituciones establecidas, las actividades colectivas comunes y los supuestos compartidos que estructuran la experiencia cotidiana.
Metaideología
El nacionalismo es también mucho más que cualquier otra ideología política. Se trata de una metaideología sumamente flexible que puede coexistir con posiciones sociales y políticas de todo el espectro ideológico —y adherirse a ellas—, desde el socialismo, el liberalismo y el conservadurismo hasta el fascismo, el ambientalismo, el feminismo o el anticolonialismo. En el mundo de los Estados-nación, el nacionalismo opera simultáneamente como fuente principal de legitimidad política y como forma primordial de solidaridad colectiva. La vida social, política, cultural y económica moderna está organizada mayoritariamente en torno a categorías nacionales, incluso cuando las personas no se conciben conscientemente a sí mismas como nacionalistas.
La nación fue el producto directo de un trabajo coercitivo-organizativo e ideológico.
Sostengo en el libro que el crecimiento y la expansión del nacionalismo en el mundo contemporáneo se comprende mejor a través de procesos interconectados de largo plazo que denomino el fundamento organizacional, ideológico y microinteraccional.
El fundamento organizacional se refiere a la capacidad de los Estados y otras organizaciones de gran escala para incorporar categorías nacionales en las estructuras sociales. Los organismos del Estado-nación institucionalizan continuamente el poder organizacional, transformando objetivos políticos abstractos en procedimientos rutinarios y cotidianos.
El poder organizacional
Con el auge de los aparatos burocráticos en la modernidad, el poder coercitivo-organizativo aumenta constantemente, ya que el Estado y muchas entidades no estatales pueden apoyarse en capacidades infraestructurales cada vez más sofisticadas que conectan a millones de personas —desde las redes de transporte y comunicación hasta la recaudación de ingresos en origen, el control de las fronteras estatales y la expansión de las técnicas de vigilancia sobre la totalidad del territorio del Estado-nación—. De este modo, los aparatos burocráticos pueden incorporar la autoridad y las normas centradas en la nación a las estructuras sociales cotidianas.
Por ejemplo, las escuelas imparten planes de estudio centrados en la nación, que incluyen historia, geografía, literatura o bellas artes nacionales. De manera similar, las instituciones militares organizan a la ciudadanía a través de la pertenencia nacional. Históricamente, esto se ha logrado mediante el servicio militar obligatorio, a través del cual los reclutas comunes experimentaban una intensa socialización nacionalista en las fuerzas armadas. En las sociedades donde los ejércitos están plenamente profesionalizados, las actitudes centradas en la nación se fomentan mediante la glorificación constante de los sacrificios militares realizados en nombre de la nación.
El fundamento organizacional también opera a través de los sistemas de bienestar social, que distribuyen recursos dentro de fronteras nacionales y vinculan el apoyo económico del Estado a la ciudadanía de cada persona. Los sistemas jurídicos también operan dentro de territorios nacionalmente definidos y aplican leyes y regulaciones específicas para cada Estado-nación. A través de estos mecanismos organizacionales, las categorías nacionales pasan a formar parte de la organización básica de la vida social.
El poder ideológico
Sin embargo, el nacionalismo no podría haberse vuelto tan predominante si dependiera únicamente de la capacidad coercitivo-organizativa. Igualmente importante es el fundamento ideológico. El nacionalismo obtiene un respaldo social generalizado cuando las ideas sobre la nación se presentan como naturales, obvias y evidentes por sí mismas, en lugar de como construcciones históricas y disposiciones sociales y políticas arbitrarias y contingentes.
Lejos de ser una identidad atemporal, la nación careció de significado político o cultural durante la mayor parte de la historia humana.
Como señaló Benedict Anderson hace ya muchos años, "es la magia del nacionalismo la que convierte el azar en destino".[8].
De este modo, los individuos aprenden a imaginar la nación como una comunidad perdurable cuyos miembros comparten una cultura, una historia, un territorio o un origen común.
Desde los símbolos nacionales, las banderas, los escudos de armas y los himnos hasta las festividades nacionales, los monumentos, las ceremonias públicas, las conmemoraciones de héroes caídos, los discursos políticos, las representaciones en los medios de comunicación masivos y en las redes sociales, y los rituales simbólicos, las ideas y prácticas nacionalistas se reproducen continuamente en la esfera pública.
Como consecuencia, la nación termina por parecer menos una creación histórica particular y reciente, producto de la contingencia social, y más un rasgo incuestionable y eterno de la realidad social. De este modo, la combinación de los fundamentos organizacional e ideológico impone reglas, un idioma y deberes cívicos comunes, haciendo que los marcos nacionalistas se perciban como algo normal y obligatorio.
El poder de las microsolidaridades
Sin embargo, dado que gran parte de la vida cotidiana transcurre en entornos íntimos y cara a cara, el nacionalismo no podría haber tenido tanto éxito si no hubiera logrado penetrar eficazmente en este microuniverso. Por ello, el fundamento microinteraccional permite que los discursos nacionalistas envuelvan las redes de solidaridades a nivel micro. El nacionalismo se sostiene a través de las relaciones e interacciones ordinarias entre familiares, amistades cercanas, parejas románticas, vecinos, colegas de trabajo y comunidades locales.

Los sentimientos de confianza, lealtad, obligación, solidaridad y el profundo compromiso emocional que inicialmente se desarrollan dentro de las redes sociales cercanas se extienden ahora, tanto organizacional como ideológicamente, a comunidades abstractas mucho más amplias: las naciones. Los individuos, por lo tanto, conciben el mundo en términos de vínculos nacionales diferenciados y se identifican con personas a las que jamás conocerán personalmente, pero a quienes consideran, no obstante, miembros de su misma nación. La nación adquiere así un significado emocional, ya que se conecta con las relaciones íntimas y las experiencias cotidianas a través de las cuales las personas comprenden sus mundos sociales.
Estos tres mecanismos del fundamento nacionalista se refuerzan mutuamente: las organizaciones sociales proporcionan las estructuras a través de las cuales opera el nacionalismo; el fundamento ideológico confiere significado y legitimidad a dichas estructuras organizacionales; y las interacciones interpersonales cotidianas entre familiares y amistades brindan consuelo emocional, apoyo moral y relevancia práctica.
La nación y la historia
No obstante, el fundamento nacionalista no debe entenderse como algo teleológico, predeterminado o fijo. A pesar de su enorme potencia en el mundo contemporáneo y de la capacidad de las organizaciones sociales para presentar a las naciones y los nacionalismos como formas antiguas y naturales de existencia social, el nacionalismo solo ha adquirido semejante poder social recientemente. Lejos de ser una identidad atemporal, la nación careció de significado político o cultural durante la mayor parte de la historia humana.
Evidentemente, la nación no podía existir en el mundo de nuestros primeros predecesores, los cazadores-recolectores nómadas que vivían en bandas pequeñas y en constante cambio, centradas en la supervivencia cotidiana. Esta forma de existencia social humana, que representa cerca del 99 % de nuestra presencia en este planeta, carecía de los ingredientes organizacionales, ideológicos e incluso microinteraccionales básicos de la nación.

Sin embargo, incluso si se descarta por completo este período tan extenso y se centra la atención únicamente en los estilos de vida sedentarios, los seres humanos han vivido en el mundo de los Estados-nación durante menos del 2 % de su existencia. Los modelos preexistentes de orden social y político —como los imperios, los reinos patrimoniales, las ciudades-Estado, las órdenes religiosas, las confederaciones tribales o los cacicazgos complejos— se apoyaban en doctrinas ideológicas muy distintas para justificar su existencia.
Por ello, los gobernantes de tales entidades políticas invocaban el privilegio hereditario, las tradiciones imperiales, las doctrinas religiosas —incluida la sanción divina— o elaboradas mitologías para legitimar su autoridad. Al mismo tiempo, la abrumadora mayoría de la población se identificaba principalmente en términos religiosos, locales, de parentesco o clan, más que a través de algún tipo de vínculo nacional.
Solo en los últimos dos siglos, con las transformaciones políticas, económicas, militares e ideológicas sin precedentes, los Estados-nación se convirtieron en la forma dominante de organización territorial, y el nacionalismo adquirió el monopolio ideológico como mecanismo central de legitimidad política. Este proceso no fue ni automático ni pacífico. Los Estados-nación se apoyaron en la educación obligatoria, la administración burocrática, los idiomas estandarizados, el servicio militar obligatorio, sistemas jurídicos uniformes, y la comunicación y el transporte masivos para homogeneizar poblaciones diversas y convertirlas en ciudadanos nacionales. La nación fue el producto directo de un trabajo coercitivo-organizativo e ideológico.
Se trató de un proceso lento y prolongado que se intensificó en el siglo XX, cuando los proyectos imperiales perdieron legitimidad y los Estados-nación se instauraron como las únicas formas legítimas de autoridad territorial. A medida que los Estados-nación se expandían, también lo hacía el sustento ideológico de este orden territorial: el nacionalismo.
Por lo tanto, el nacionalismo no es simplemente una ideología más entre otras; es un modo de vida diferenciado que sustenta el mundo en el que actualmente vivimos. Los individuos no necesitan afiliarse a una organización política específica que promueva causas nacionalistas, ni describirse conscientemente como nacionalistas, para que el nacionalismo influya en su comportamiento.
Todos estamos moldeados por entornos centrados en la nación cada vez que asistimos a la escuela, utilizamos servicios públicos, consumimos medios de comunicación masivos y redes sociales, obtenemos documentos estatales, participamos en ceremonias nacionales, presenciamos eventos deportivos internacionales o compartimos chistes de tono nacional en las parrilladas familiares. El nacionalismo se pone en práctica, se reproduce y se normaliza tanto en la esfera pública y en el ámbito de la sociedad civil como en los entornos privados más íntimos de familiares y amistades cercanas.
Vivir en un mundo centrado en la nación
En este libro, no sostengo que todas las personas sean nacionalistas de la misma manera, ni que no exista escapatoria posible del nacionalismo. Más bien, intento mostrar cómo las categorías nacionales se han institucionalizado y adquirido tal relevancia social que resulta difícil comprender la subjetividad moderna sin tomar en serio el nacionalismo. Su poder proviene menos de sus expresiones más ruidosas y extremas que de su presencia, en gran medida inaudible pero en constante expansión, en la vida social e interpersonal cotidiana.
Esta fuerza del nacionalismo tiene menos que ver con los activistas más acérrimos o los movimientos de extrema derecha que con las estructuras sociales dominantes que sustentan el mundo contemporáneo. Mientras el Estado-nación siga siendo la forma dominante de organización social y política, las categorías centradas en la nación continuarán moldeando numerosos aspectos de la vida social, incluidos la legitimidad política, la identificación colectiva, la solidaridad social, los derechos de ciudadanía social y demás.
Un cambio social significativo no puede producirse ignorando o desestimando el nacionalismo, ni atribuyendo estas ideas y prácticas exclusivamente a los adversarios políticos propios. Solo podremos transformar nuestras sociedades una vez que reconozcamos que, nos guste o no, todos vivimos en un mundo nacionalista.
Notas
[1] https://jspp.psychopen.eu/index.php/jspp/article/download/4847/4847.html
[2] https://globalgovernanceforum.org/visionary/albert-einstein/
[3] https://www.democracynow.org/2002/10/22/power_politics_the_indian_writer_arundhati
[4] https://www.cambridge.org/core/books/abs/prophetic-times/prophetic-voices-of-the-risorgimento-and-the-antifascist-resistance/B885734BF88B84711B7859DEA11C622D
[5] https://www.tandfonline.com/doi/full/10.1080/1369801X.2025.2523290
[6] https://www.libraryireland.com/HullHistory/Appendix2b.php
[7] https://www.cambridge.org/core/books/nationalism-as-a-way-of-life/0FF3EC95CB79051E18C5B6158C49F66C
[8] https://is.muni.cz/el/1423/podzim2013/SOC571E/um/Anderson_B_-_Imagined_Communities.pdf
