La verdad sobre las escuelas
Durante décadas, los debates sobre la educación pública en Estados Unidos han girado en torno a un conjunto de preguntas familiar: la segregación, las brechas de rendimiento, las disparidades disciplinarias, los exámenes estandarizados y el financiamiento desigual. Estas cuestiones siguen siendo fundamentales, pero también han terminado por definir los límites del discurso dominante sobre la educación pública. Las escuelas suelen entenderse como instituciones que no logran estar a la altura de sus ideales democráticos, y no como instituciones cuyo propio diseño reproduce desigualdades sociopolíticas.
En Slow Violence: Confronting Dark Truths in the American Classroom, cuestiono este supuesto. En lugar de preguntar cómo podrían las escuelas cumplir mejor su promesa democrática, pregunto si la educación pública ha funcionado alguna vez, históricamente, como una institución democrática.
Este tipo de crítica estructural a instituciones sociales centrales ha transformado las conversaciones públicas sobre la policía, las prisiones, la psiquiatría y otras instituciones estatales. Si estas instituciones se han entendido cada vez más no simplemente como defectuosas, sino como diseñadas para funcionar como sistemas de control social, pregunto por qué las escuelas han escapado en gran medida a un escrutinio comparable.
En Slow Violence invito a las lectoras y lectores a repensar qué cuenta como evidencia al evaluar las instituciones educativas.
El libro se basa en tres años de investigación etnográfica que siguió a una cohorte de estudiantes desde cuarto hasta sexto grado en uno de los distritos escolares urbanos más grandes de Estados Unidos. Dentro de las escuelas, observé aulas, reuniones de docentes, patios de recreo, pasillos y eventos escolares, además de realizar entrevistas con educadores de todo el distrito y llevar a cabo investigación histórica. Situar mis observaciones etnográficas sobre el trasfondo del análisis histórico me permite conectar las interacciones cotidianas dentro de las aulas con historias políticas e institucionales más amplias.
Lo que vi durante mi estancia en Las Vegas me inquietó. Las escuelas no solo dejan de ser espacios neutrales que ocasionalmente fallan a los estudiantes marginados, sino que con frecuencia siguen funcionando como extensiones del poder estatal, reproduciendo jerarquías raciales, de género y de clase mientras se presentan como motores de igualdad. La violencia que presencié sufrir a niños pequeños de manera habitual no era espectacular, sino ordinaria: humillaciones rutinarias, exclusiones, acoso racial y de género, crueldad y formas de desatención institucional. Estos tipos de violencia lenta y cotidiana marcaron las experiencias educativas de los niños. Las escuelas alienaron a los niños de su amor por la educación.
Escolarización frente a educación
Slow Violence se construye sobre la premisa de que la educación es distinta de la escolarización. La educación representa el proceso humano más amplio de desarrollar el pensamiento crítico y la capacidad de comprender y transformar el mundo. La escolarización, en cambio, se refiere a las estructuras institucionales mediante las cuales el Estado organiza, y con frecuencia disciplina, a las poblaciones. El libro retoma la distinción de Paulo Freire entre la educación liberadora y la "bancaria", así como la documentación de Cliff Stratton sobre las escuelas estadounidenses como instituciones históricamente orientadas a incorporar a los estudiantes marginados dentro de las jerarquías raciales, económicas y políticas existentes.

La historia de los internados indígenas en Estados Unidos ofrece una ilustración clara del propósito violento de la escolarización. La expulsión forzada de niños indígenas de sus familias en nombre de la educación revela que las escuelas han servido durante mucho tiempo a proyectos políticos que se extienden mucho más allá del aprendizaje en sí. Basándome en la producción académica abolicionista en educación, incluido el trabajo de David Stovall, sostengo que la alfabetización y la educación no deben confundirse con las prácticas institucionales de la escolarización, que a menudo han funcionado para asimilar, excluir y disciplinar a los niños.
Estos argumentos históricos se ven reforzados por mis observaciones etnográficas. Documento patrones de racismo docente, misoginoir, hostilidad hacia los estudiantes inmigrantes y sus familias, y planes de estudio movilizados para desligar las historias pasadas de opresión del presente, entre otros hallazgos. Lo que me resultó particularmente llamativo fue cómo el lenguaje antirracista contemporáneo puede a su vez movilizarse de maneras que oscurecen, en lugar de desafiar, los sistemas opresivos, permitiendo que los educadores invoquen un discurso consciente de la raza mientras reproducen desigualdades raciales.
El libro también revisita una de las narrativas fundacionales de la reforma educativa estadounidense: Brown v. Board of Education. Si bien el desmantelamiento de la segregación legal es, sin duda, un momento decisivo para la educación pública, debemos reconsiderar qué se perdió junto con la integración. El proceso de desegregación desplazó a miles de educadores y administradores negros, debilitando instituciones que habían servido a las comunidades negras durante generaciones. Basándome en autores como Michael Dumas, Amanda Lewis y John Diamond, sostengo que la integración ha sido evaluada a menudo principalmente en función de la proximidad a la blancura, en lugar de en función de las experiencias educativas, el poder institucional o el bienestar de los estudiantes. Los estudiantes negros y morenos siguen encontrándose con la segmentación académica (tracking), la criminalización y el acoso dentro de escuelas formalmente integradas.
En el libro cuestiono el supuesto generalizado de que la docencia es una profesión intrínsecamente altruista.
Al mismo tiempo, métricas como las brechas de rendimiento y los puntajes de exámenes estandarizados, que siguen siendo los principales indicadores mediante los cuales se juzga a las escuelas, constituyen criterios incompletos para medir el bienestar estudiantil. En Slow Violence muestro cómo estas medidas ocultan formas de daño que no pueden captarse únicamente a través de los resultados educativos.
Las experiencias de las niñas negras y morenas ejemplifican esta limitación. A pesar de superar con frecuencia a los niños y a los estudiantes blancos en las mediciones académicas convencionales, muchas de las niñas de color que observé siguieron soportando acoso racializado y de género, humillaciones rutinarias y desatención institucional. Su éxito académico se convirtió en evidencia de que las escuelas estaban funcionando eficazmente, incluso cuando sus experiencias cotidianas revelaban un daño persistente. Al privilegiar los resultados medibles por encima de las realidades vividas por los estudiantes, la política educativa corre el riesgo de confundir la "resiliencia" con la justicia.
En Slow Violence invito a las lectoras y lectores a repensar qué cuenta como evidencia al evaluar las instituciones educativas. En lugar de preguntar si los estudiantes tienen éxito dentro de los sistemas existentes y de qué manera, pregunto qué tipos de costos psicológicos, emocionales y políticos acompañan ese éxito, y de quién sigue siendo invisible el sufrimiento cuando el logro académico se convierte en la única medida de la justicia educativa.
¿Quiénes son nuestros docentes?
Una de las intervenciones más provocadoras de Slow Violence concierne al papel de los propios docentes. El discurso público suele retratar a los maestros como actores uniformemente altruistas que trabajan dentro de un sistema imperfecto. Cuestiono este supuesto al insistir en que los docentes, como los miembros de cualquier profesión, ocupan diversas posiciones políticas, ideológicas y sociales. Si la producción académica crítica nos ha alentado a examinar la policía como un sistema y no solo como las intenciones de agentes individuales, me pregunto por qué se presume tan a menudo que las escuelas y sus agentes encarnan valores democráticos e igualitarios.
A partir de mi trabajo de campo etnográfico, documento incidentes en los que los docentes movilizaron el currículo para reforzar la opresión racial y de género, borraron sistemáticamente la lengua y las culturas de los estudiantes inmigrantes, negaron el intelecto de los niños y niñas de color, avergonzaron a los estudiantes por sus cuerpos o su estatus socioeconómico, y humillaron con regularidad a los niños con discapacidad —además de negarles cuidado y recursos— en las interacciones cotidianas del aula. Estos no fueron actos aislados de prejuicio individual, sino que son indicativos de culturas institucionales que permiten —y en ocasiones normalizan— la denigración de los estudiantes marginados.
En el libro cuestiono el supuesto generalizado de que la docencia es una profesión intrínsecamente altruista. Estas concepciones idealizadas ocultan el hecho de que los docentes ingresan a la profesión por muchas razones distintas y, al igual que los trabajadores de otros sectores, merecen ser comprendidos dentro de las realidades del trabajo, el empleo y los incentivos institucionales. Tratar la docencia como una "vocación" en lugar de como un trabajo ha socavado con frecuencia las luchas sindicales por mejores salarios, protecciones laborales más sólidas y mejores condiciones de trabajo.
Mis entrevistas con educadores del Distrito Escolar del Condado de Clark, en Nevada, revelaron que algunos docentes ingresaron al distrito como una vía hacia la jubilación, mientras que otros consideraban la docencia como una ocupación temporal antes de emprender otra carrera, y otros más se sintieron atraídos por la perspectiva de un empleo estable. Ninguna de estas motivaciones es en sí misma problemática; más bien, subrayan la importancia de abandonar los supuestos simplistas que presentan a los docentes como un grupo políticamente homogéneo que asume la enseñanza como una "vocación".
Además, no podemos ignorar las desigualdades dentro de la propia profesión docente. Durante mi investigación escuché relatos de discriminación racial en la contratación que, al menos en parte, explican la persistente brecha demográfica entre poblaciones estudiantiles mayoritariamente negras y morenas y un cuerpo docente abrumadoramente blanco.
Es imprescindible distinguir esta crítica de los argumentos en contra de los sindicatos docentes o de la educación pública. Por el contrario, considero que necesitamos sindicatos más fuertes que defiendan a los docentes. Lejos de constituir un llamado a la desindicalización o a la privatización de las escuelas, sostengo, como lo hizo Diane Ravitch, que debilitar los sindicatos y privatizar la educación son formas de explotación. Los docentes no deben cargar, en modo alguno, con la culpa exclusiva de la desigualdad educativa, pero un cambio significativo requiere reconocer a los educadores como participantes en estructuras institucionales complejas, en lugar de tratarlos como actores uniformemente benevolentes situados más allá de todo examen crítico.
Repensar las escuelas como instituciones democráticas
El libro concluye cuestionando uno de los supuestos más arraigados de la cultura política estadounidense: que las escuelas funcionan principalmente como refugios seguros y motores de oportunidad democrática. Durante los debates sobre el cierre y la reapertura de las escuelas en el contexto de la pandemia de COVID-19, las escuelas públicas se describieron con frecuencia como espacios protectores para los niños vulnerables. No pretendo restar importancia a los servicios fundamentales que prestan las escuelas, pero esta narrativa a menudo oculta las experiencias de muchas familias marginadas que consideran las aulas no solo como lugares de aprendizaje, sino también como espacios de vigilancia, humillación y trauma.
En lugar de proponer un plan sencillo para reemplazar las escuelas, Slow Violence invita a las lectoras y lectores a formular preguntas políticas más fundamentales. Si la escolarización está profundamente entrelazada con sistemas más amplios de capitalismo racial, el trabajo y la gobernanza estatal, entonces reimaginar la educación exige también reimaginar estas instituciones, tal como nos advierte la pensadora abolicionista Ruth Wilson Gilmore: la transformación institucional no puede ocurrir de manera aislada del cambio social más amplio.
Pensemos más allá de la reforma educativa. Reconsideremos los supuestos políticos que sustentan los debates sobre la propia escolarización. Independientemente de que los lectores terminen aceptando este argumento o no, quiero que al menos afrontemos preguntas que con demasiada frecuencia han quedado fuera del debate educativo dominante: ¿qué tipo de instituciones son las escuelas? ¿A qué intereses han servido históricamente? ¿Y qué significaría imaginar la educación más allá de los límites del sistema escolar tal como lo conocemos? Al situar a las escuelas junto a las prisiones, la policía y otras instituciones cada vez más sometidas a la crítica estructural, Slow Violence desafía a las lectoras y lectores a reconsiderar una de las instituciones más dadas por sentadas de la vida democrática moderna.
