La guerra por los corazones y las mentes de Georgia

Cómo Rusia y Occidente convirtieron a un pequeño Estado del Cáucaso en un campo de batalla del poder blando, y por qué importa hoy para la política global. Sobre el libro Soft Power Competition Between Russia and the West: Contesting Georgian National Identity, 1991–2024, de Vladimir Liparteliani, publicado por Routledge en 2026.

Vladimir Liparteliani
Vladimir Liparteliani
Honorary Fellow at the School of Modern Languages and Cultures, Durham University. He is the author of several academic articles on the use of soft power...
Tiflis, la capital de Georgia, vista desde la fortaleza de Narikala. Situada en el Cáucaso Sur, entre Rusia y Turquía, esta nación ha sido foco de influencias rusa y occidental en competencia desde el fin de la Unión Soviética en 1991. Foto: George Melashvili, CC BY-SA.

Cuando la Unión Soviética se derrumbó en 1991, Georgia surgió como un Estado independiente con una tarea formidable: definir quién era. Durante setenta años, Moscú había moldeado su política, su economía y su cultura. De pronto, los georgianos tuvieron que responder una pregunta que llevaba generaciones reprimida: ¿qué tipo de nación querían llegar a ser?

Situada en la encrucijada geopolítica entre Rusia y Occidente, Georgia se convirtió en blanco de una competencia en la dimensión del poder blando. Tanto Moscú como las capitales occidentales buscaron ganarse los corazones y las mentes de los georgianos mediante sus estrategias de poder blando para promover sus objetivos.

Para académicos, responsables políticos y ciudadanos por igual, la lección es clara: debemos aprender a ver las dimensiones invisibles del poder. 

Mi nuevo libro, Soft Power Competition Between Russia and the West: Contesting Georgian National Identity, 1991–2024, es el primer estudio exhaustivo de esta rivalidad. Muestra cómo funciona el poder blando en el siglo XXI, cómo interactúa con la identidad nacional y por qué importa mucho más allá del Cáucaso.

Poder blando: de la intuición al instrumento

El politólogo estadounidense Joseph Nye introdujo el concepto de poder blando a finales de la década de 1980. Sostuvo que, en un mundo cada vez más globalizado, los Estados podían lograr influencia no solo mediante la coerción, sino también mediante la atracción, es decir, promoviendo valores, ideas y narrativas que otros quisieran adoptar.

Cover of the book Soft Power Competition Between Russia and the West: Contesting Georgian National Identity, 1991–2024

Nye tenía razón. Lo que quizá no anticipó fue la rapidez con que el poder blando se convertiría en un escenario central de la competencia entre grandes potencias. Es más barato que la fuerza militar, cruza fronteras con facilidad y actúa directamente sobre cómo piensa la gente y en qué cree.

Durante un tiempo, el poder blando pareció sinónimo de valores liberales: derechos humanos, igualdad de género, pluralismo, tolerancia religiosa y gobernanza democrática. Estados Unidos y Europa Occidental eran presentados como modelos. Se suponía que su atractivo derivaba de su compromiso con estos ideales.

Esa suposición ya no se sostiene. El poder blando ha sido apropiado por actores con agendas muy distintas. Se ha convertido en una herramienta no solo de atracción, sino de competencia, y no solo de persuasión, sino de control.

La contraofensiva autoritaria

A medida que el poder blando se volvió una herramienta popular, también cambió de manos y de forma. Rusia, China e Irán comenzaron a invertir fuertemente en su propio poder blando. Pero su visión no se parecía en nada al modelo occidental.

En lugar de promover valores liberales, estos Estados proyectaron narrativas conservadoras y autoritarias. Ofrecieron una visión alternativa de la modernidad, la soberanía y la tradición. Su objetivo no era solo atraer a públicos extranjeros, sino desafiar y socavar el poder blando de sus competidores.

La experiencia de Georgia ofrece una ventana a una forma de poder que determina resultados sin disparar un solo tiro.

Este es un cambio crucial. El poder blando ya no es solo una forma de que los Estados compitan. Es una forma de superarse unos a otros, ofreciendo visiones rivales y mutuamente excluyentes de cómo deben organizarse las sociedades.

Georgia se encuentra en el centro de esta contienda. Es un país donde estas dos visiones se encuentran, chocan y compiten por obtener lealtad. Lo que ocurre allí no es solo un asunto local. Es un anticipo de una lucha global más amplia por el futuro del orden político.

Georgia: un campo de batalla del poder blando

Tras el colapso soviético, Georgia vivió lo que solo puede describirse como una crisis de identidad. Las viejas certezas habían desaparecido. Las nuevas aún no se habían formado. Los georgianos buscaban un sentido de quiénes eran y hacia dónde se dirigía su país.

Esa búsqueda los hizo receptivos a la influencia. Tanto Rusia como Occidente intervinieron, promoviendo sus propias visiones del futuro de Georgia. A través de los medios de comunicación, la educación, los programas culturales y las iniciativas de la sociedad civil, trabajaron para moldear la manera en que los georgianos se entendían a sí mismos y su lugar en el mundo.

El libro revela los canales y medios de influencia que a menudo pasan inadvertidos. 

Lo que está en juego no podría ser mayor. La identidad nacional determina no solo cómo se ven a sí mismas las personas, sino qué tipo de Estado quieren construir. Al influir en la identidad, las potencias externas pueden influir en el rumbo de todo un país.

Georgia se convirtió en un campo de batalla del poder blando, un lugar donde las grandes potencias lucharon por el control de los corazones y las mentes. El conflicto rara vez fue visible, pero sus efectos fueron profundos. Moldeó la política y la sociedad georgianas, e incluso la orientación de la política exterior del país.

Esto es lo que hace de Georgia un caso tan importante. Es lo bastante pequeña como para ser influida, pero lo bastante significativa como para importar. Se sitúa en la intersección de imperios, religiones y civilizaciones. Lo que ocurre allí resuena mucho más allá de sus fronteras.

Lo que revela el libro

Soft Power Competition Between Russia and the West es el primer estudio exhaustivo de esta competencia. A partir de entrevistas, investigación de archivo y análisis de medios y documentos de política, rastrea cómo ambos bandos buscaron influencia en Georgia desde 1991 hasta el presente.

La investigación se apoya en una amplia gama de fuentes. Entrevisté a líderes y miembros de los sectores de medios y ONG vinculados a los esfuerzos de poder blando occidentales o rusos, a funcionarios estatales, periodistas, expertos en política georgiana y asuntos internacionales, y a ciudadanos comunes que participaron en estas iniciativas. También analicé medios impresos y digitales transnacionales, históricos y contemporáneos, documentos de política y estudios sociológicos.

Particularmente valiosos fueron materiales periodísticos poco comunes de comienzos de la década de 1990 que detallan las actividades diplomáticas, culturales y educativas de Rusia y Occidente en Georgia. Estos se localizaron mediante investigación en archivos y bibliotecas, debido a su escasa disponibilidad digital.

Cómo el poder blando moldea la identidad

El libro revela los canales y medios de influencia que a menudo pasan inadvertidos. Estos mecanismos no son tan visibles como los despliegues militares o las sanciones económicas. Sin embargo, constituyen una poderosa fuente de influencia y un ámbito en el que la rivalidad internacional se despliega cada vez más, a menudo en paralelo a la competencia militar y a veces incluso por delante de ella.

Aerial view of Tbilisi, Georgia, with the Mtkvari River crossing the old town. Photo By
Vista aérea de Tiflis, Georgia, con el río Mtkvari atravesando el casco antiguo. Foto de Falco (dominio público).

Comprender estos mecanismos exige mirar más allá de los titulares. Significa prestar atención al trabajo lento y silencioso del intercambio cultural, el encuadre mediático, los programas educativos y la financiación de la sociedad civil. Estas son las herramientas con las que opera el poder blando, y son notablemente eficaces.

El libro también muestra cómo interactúan el poder blando y la identidad nacional. Los actores externos no se limitan a imponer sus narrativas a una audiencia pasiva. Dialogan con los debates, las ansiedades y las aspiraciones existentes en la sociedad objetivo. En Georgia, tanto Rusia como Occidente aprovecharon preguntas reales sobre el pasado, el presente y el futuro del país.

Esta interacción es lo que hace tan potente al poder blando. No anula la identidad; la moldea desde dentro, a menudo amplificando ciertas voces y marginando otras. Con el tiempo, esto puede cambiar la dirección de todo el desarrollo de un país.

Por qué esto importa ahora

Vivimos un momento de feroz competencia internacional. El poder se desplaza de un mundo unipolar a uno multipolar, lo que permite a las potencias regionales afirmarse y perseguir sus propios intereses. Al mismo tiempo, los avances en las tecnologías de comunicación masiva han transformado la naturaleza de las relaciones internacionales.

La información siempre ha sido un activo de poder. Hoy tiene una importancia comparable a la de la economía, la fuerza militar, la geografía o la población. Esto es lo que ha elevado el poder blando a alturas que apenas empezamos a comprender.

La competencia militar y económica sigue siendo relevante: las guerras en Ucrania y Oriente Medio lo dejan claro. Pero no podemos comprender plenamente los conflictos contemporáneos sin reconocer el papel de las formas cognitivas de poder. Sin poder blando, las confrontaciones de poder duro a menudo carecerían de sentido. Las ideas y las creencias impulsan los conflictos y los sostienen.

No se trata de una preocupación periférica. Es central en el modo en que opera el poder en el siglo XXI. Los Estados que dominan el poder blando pueden lograr influencia sin coerción. Pueden moldear las decisiones de otros mientras parecen no hacer nada. Es el poder en su forma más sutil y, posiblemente, más eficaz.

La dimensión cognitiva del poder

El libro muestra que la competencia de poder blando entre Rusia y Occidente es solo un ejemplo de un fenómeno más amplio: la guerra cognitiva. Estas formas de rivalidad suelen estar ocultas a la vista de la gente común, pero afectan de manera significativa lo que nos ocurre a todos.

El poder blando puede penetrar y moldear la conciencia misma, sea la identidad nacional, religiosa o política. Esto demuestra que el poder blando no es meramente una herramienta de persuasión. Es una dimensión de la capacidad de un Estado para penetrar, controlar y ganarse a otros.

Esto tiene profundas implicaciones. Si la identidad misma puede ser moldeada por actores externos, entonces la soberanía nunca está completamente asegurada. Los Estados deben defender no solo sus fronteras, sino también las narrativas y las ideas que cohesionan a sus sociedades.

La experiencia de Georgia lo ilustra con claridad. La competencia por la influencia allí nunca fue solo una cuestión de geopolítica. Se trataba del alma misma de la nación: qué significa ser georgiano y qué futuro elegirían los georgianos para sí mismos.

Conclusión: ver lo invisible

La experiencia de Georgia ofrece una ventana a una forma de poder que determina resultados sin disparar un solo tiro. Durante más de tres décadas, Rusia y Occidente han competido por definir qué es Georgia y hacia dónde debe dirigirse. Esa competencia ha moldeado la política, la sociedad y la identidad georgianas de maneras que todavía se están desplegando.

A medida que el mundo se vuelve más multipolar y las tecnologías de la información más omnipresentes, el poder blando no hará sino ganar importancia. Los Estados que lo comprendan estarán mejor posicionados para navegar la nueva era. Los que no, se encontrarán vulnerables a influencias que no pueden ver.

La guerra por los corazones y las mentes no es una metáfora. Es real, continúa y está remodelando el orden internacional. Georgia es un campo de batalla. Hay y habrá otros.

Para académicos, responsables políticos y ciudadanos por igual, la lección es clara: debemos aprender a ver las dimensiones invisibles del poder. Solo entonces podremos comprender las fuerzas que moldean nuestro mundo y, quizá, empezar a moldearlas nosotros mismos.

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Investigador honorario de la Facultad de Lenguas y Culturas Modernas de la Universidad de Durham. Es autor de varios artículos académicos sobre el uso del poder blando como herramienta de competencia de poder en las relaciones internacionales. También es autor de Soft Power Competition Between Russia and the West: Contesting Georgian National Identity, 1991–2024.