Fukuyama sobre política, derechos y reconocimiento

Francis Fukuyama en Fronteiras do Pensamento São Paulo. Foto de Greg Salibian.

En su obra "Identity: The Demand for Dignity and the Politics of Resentment", Francis Fukuyama navega por el intrincado laberinto de la política de identidad. Presenta un argumento convincente de que los pilares de la democracia liberal están siendo cada vez más probados por el creciente clamor por el reconocimiento de la identidad. La crítica de Fukuyama proporciona un contexto intelectual robusto que enriquece nuestra comprensión del cambio en las prioridades políticas, desde el antiguo énfasis en la equidad económica hasta un nuevo enfoque en la afirmación de la identidad.

Hace más de dos décadas, esta preocupación recibió diversas respuestas, siendo una de las más emblemáticas la de Nancy Fraser. Desde una perspectiva progresista, Fraser estaba preocupada por la aparición de lo que denominó la "condición post-socialista" y propuso una teoría que integraba armoniosamente la redistribución y el reconocimiento.

Sin embargo, esta no es la posición normativa adoptada por Fukuyama. Lejos de centrarse en las estructuras que permiten la participación de todos los individuos de una nación en el proceso democrático, Fukuyama se concentra en la necesidad de reconocimiento humano como la razón estructurante de las profundas divisiones que existen en las democracias liberales, particularmente en los Estados Unidos.

El cambio en las políticas de reconocimiento

La observación de Francis Fukuyama de que el principio del reconocimiento universal ha cambiado hacia el reconocimiento especial de grupos particulares es una crítica convincente de las políticas liberales modernas. Este cambio marca una desviación significativa de los principios fundacionales del liberalismo, que enfatizaba los derechos humanos universales, la igualdad y el estado de derecho como la base de una sociedad justa. En el marco liberal tradicional, el enfoque estaba en crear una sociedad donde todos los individuos, independientemente de su origen, pudieran tener igualdad de oportunidades y ser juzgados basados en sus méritos en lugar de sus identidades.

Sin embargo, el auge de la política de identidad ha llevado a un cambio de enfoque. Ahora, las políticas a menudo buscan reconocer y celebrar las experiencias y desafíos únicos enfrentados por grupos específicos, particularmente aquellos que históricamente han sido marginados u oprimidos. Aunque este enfoque tiene el noble objetivo de rectificar injusticias históricas y proporcionar una plataforma para voces subrepresentadas, Fukuyama argumenta que también ha tenido consecuencias no deseadas.

 Una de estas consecuencias es la erosión del sentido de solidaridad colectiva. En el pasado, la lucha por la igualdad económica y la justicia social era una fuerza unificadora que reunía a las personas a través de diversas divisiones. El enfoque estaba en objetivos comunes, como reducir la pobreza, mejorar la educación y asegurar la atención médica para todos. Sin embargo, el cambio hacia el reconocimiento basado en la identidad ha llevado a una forma de "tribalismo", donde la lucha por la justicia social se fragmenta en múltiples batallas luchadas en nombre de grupos de identidad individuales.

 Inmigración y política de identidad: Una interacción compleja

 La inmigración se ha convertido en un tema controvertido en muchos países, y su intersección con la política de identidad agrega otra capa de complejidad. Según Fukuyama, la decadencia económica experimentada por los grupos mayoritarios a menudo se atribuye a la inmigración y a las políticas basadas en la identidad, alimentando el resentimiento y la resistencia. Esta perspectiva es particularmente prevalente en países donde la mayoría nativa se siente económicamente amenazada y culturalmente desplazada debido al aumento del número de inmigrantes.

El auge de la política de identidad ha exacerbado estas tensiones. Por un lado, las políticas progresistas buscan proteger los derechos y las identidades culturales de los inmigrantes, a menudo enmarcando esto como un imperativo moral y social. Por otro lado, estas políticas pueden ser percibidas por la mayoría como favoreciendo a los grupos minoritarios a su costa, generando así una sensación de pérdida e inseguridad. Este sentimiento es especialmente potente cuando las condiciones económicas son desafiantes y los recursos escasos.

El giro terapéutico y su impacto en las políticas públicas

 Francis Fukuyama postula que el "triunfo de lo terapéutico" ha influido significativamente en el auge de la política de identidad en las democracias liberales como los Estados Unidos. A medida que los marcos religiosos tradicionales han disminuido, la psicoterapia ha entrado para llenar el vacío, centrándose en la autoactualización individual y la búsqueda de un "yo auténtico". Este cambio cultural ha tenido profundas implicaciones para la política pública, particularmente en cómo los gobiernos abordan los problemas sociales.

En la era terapéutica, el rol del estado ha evolucionado de ser un garante de derechos básicos a un facilitador del bienestar individual. Las políticas públicas buscan cada vez más validar experiencias e identidades individuales, a menudo priorizando el bienestar emocional y la salud psicológica. Aunque esto ha llevado a una mayor conciencia y aceptación de los problemas de salud mental, también ha contribuido a la fragmentación de objetivos sociales más amplios en proyectos individualizados de auto-mejora.

 Este enfoque en el bienestar individual a veces puede restar importancia a las responsabilidades colectivas y a objetivos más amplios de justicia social. Por ejemplo, políticas destinadas a impulsar la autoestima en comunidades marginadas pueden no abordar problemas sistémicos como la pobreza o la falta de acceso a educación de calidad. El estado, en su nuevo rol terapéutico, corre el riesgo de convertirse en un facilitador de búsquedas individuales de autoactualización a expensas de imperativos comunitarios y económicos.

 Francis Fukuyama identifica una tensión crítica en las democracias liberales modernas: la necesidad de equilibrar la protección de grupos marginados con la búsqueda de objetivos sociales generales. Argumenta que el enfoque actual en la política de identidad, aunque bien intencionado, corre el riesgo de socavar el tejido de la acción y comunicación colectiva. En una sociedad cada vez más fragmentada a lo largo de líneas de identidad, el terreno común necesario para el diálogo democrático y la acción cooperativa se vuelve esquivo.

La solución propuesta por Fukuyama es el cultivo de una identidad nacional inclusiva, una que respete el rico tapiz de identidades individuales y grupales, mientras también enfatiza valores y objetivos compartidos. Esto no es un llamado a la asimilación, sino más bien un llamado a una forma de unidad que respeta la diversidad. Fomentando un sentido de identidad colectiva, las sociedades pueden crear un marco dentro del cual las identidades individuales puedan coexistir sin causar fragmentación social.

Sin embargo, la implementación de esta solución está llena de desafíos. Requiere un delicado equilibrio por parte de los formuladores de políticas, quienes deben navegar entre la Escila de borrar las identidades individuales y la Caribdis de promover una forma de nacionalismo que excluye a las minorías. Además, exige una reevaluación de los currículos educativos, narrativas públicas e incluso retórica política, para asegurar que estén alineados con esta visión de nacionalismo inclusivo.

La perspectiva de Fukuyama sobre la política de identidad: Fortalezas y debilidades

 El ensayo de Francis Fukuyama sobre la política de identidad en las democracias liberales es a la vez perspicaz y defectuoso. En el lado positivo, ofrece un marco sólido para comprender los complejos problemas que dan forma al panorama político actual. El llamado de Fukuyama a una identidad nacional inclusiva como solución a la naturaleza divisiva de la política de identidad es particularmente destacable. Sin embargo, el ensayo tiene varias deficiencias que merecen atención. Primero, la afirmación de Fukuyama de que los defensores del reconocimiento de la identidad han abandonado la igualdad económica es problemática. Esto pasa por alto la interconexión de los problemas económicos e identitarios, sugiriendo que la lucha por el reconocimiento de la identidad está a menudo alineada con reformas económicas más amplias. Segundo, el ensayo está dañado por generalizaciones amplias que pueden oscurecer las realidades matizadas de la política de identidad.

Estos trazos generales pueden ser engañosos y reducir la complejidad de los problemas en cuestión. Por último, la solución propuesta por Fukuyama se centra principalmente en los inmigrantes recién llegados, dejando sin resolver el problema más amplio de la inclusión democrática de todos los grupos de identidad. Este enfoque estrecho sugiere una limitación en su enfoque, ya que no aborda las complejidades de una sociedad compuesta por varios grupos de identidad, algunos con raíces históricas de larga data. En resumen, aunque el ensayo sirve como un valioso punto de partida para las discusiones sobre la política de identidad, también invita al escrutinio crítico. Sus méritos y limitaciones contribuyen al discurso en curso, enfatizando la necesidad de un enfoque más matizado e inclusivo. 

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Doctor en Filosofía (Université Paris Sciences et Lettres). Investigador asociado en la Universidad de Montreal, especializado en teoría política y pluralismo. Editor de Politics and Rights Review.

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